El gran carnaval (Billy Wilder, 1951)

 


¿Una gran película? Sin duda. ¿De Billy Wilder? De eso no estoy tan seguro. 

El gran carnaval es sin duda una gran película, por la historia que cuenta, premonitoria de la evolución social de las décadas que la siguieron, que fueron haciendo de la vida un espectáculo, y también por la configuración de los personajes, por su textura moral, por su evolución, por su extrema realidad, que resulta por momentos dolorosa de contemplar. Dolorosa porque uno reconoce su propia mezquindad en la que exhiben el periodista borracho de ambición y la esposa de la víctima, codiciosa e indiferente ante el destino de su cónyuge. Son dos seres carcomidos por el hambre de dinero y notoriedad, pero mientras él se da cuenta demasiado tarde de las terribles consecuencias de sus actos, y muestra un atisbo de arrepentimiento, ella encaja el golpe como otro más y da media vuelta, vapuleada y vencida pero viva, a ver qué le depara el próximo recodo del camino. 

Decía que no parece de Billie Wilder porque no hay aquí ni rastro del humor y la sofisticación que dominan la mayor parte de su filmografía. Tampoco hay cinismo, todo es crueldad. Maneja a sus personajes con distancia y sin afecto. Casi todos son despreciables, con la posible excepción del director del periódico local, que aparece como un hombre débil pero íntegro, y del minero atrapado en la galería, que no tiene muchas opciones de demostrar su mezquindad. 

Lógicamente, la película es recordada sobre todo por su denuncia de una cierta forma de periodismo, que convirtió la desgracia en espectáculo, y que, pese a las denuncias como las que esta película ejemplifica, se fue haciendo más común a medida que pasaban los años, convirtiendo la obscenidad en un negocio. Hoy vemos, cada día, en horario de máxima audiencia, las miserias de los demás convertidas en objeto de escarnio y en máquina recaudatoria, amplificadas por las redes sociales en las que estamos atrapados. 

9/10 

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