Un borghese piccolo piccolo (Mario Monicelli, 1977)
Una película cruda, cruel incluso, despiada en su retrato de los personajes que la protagonizan y de la sociedad en que se mueven. Cuenta la historia de un funcionario de un ministerio que tiene un único hijo, Mario, visiblemente mediocre, que ha conseguido un título de contable, y al que intenta enchufar en las multitudinarias oposiciones que van a tener lugar para acceder a plazas en la administración pública italiana. De repente, ocurre lo inesperado y la película cambia completamente de tono, ensañándose de modo inmisericorde con su protagonista, un enorme Alberto Sordi, que borda su interpretación, tanto cuando predomina el tono de comedia, como cuando llega el drama.
La película anuncia desde el principio su carácter brutal: se abre con el padre y el hijo pescando en la costa, cerca de una cabaña aislada del mundo, que poseen. Tras conseguir pescar un lucio, el protagonista le destroza la cabeza a golpes con una piedra, en una especie de juego especular, pues termina la película matando a golpes en la cabeza al asesino de su hijo, un ladrón de bancos que, en medio de la refriega de un asalto, mata fortuitamente al joven Mario, el cual acaba siendo por motivos distintos, el catalizador de todo lo que ocurre tanto antes como después de su muerte.
El retrato de la sociedad italiana es despiadado. La clase funcionarial es absolutamente inútil. En la oficina donde trabaja el protagonista, las mesas y el suelo están llenos de montañas de expedientes no resueltos, y sin posibilidad de serlo, y las pequeñas corruptelas, enchufes, sobornos y amiguismos, son la base y el motor de la interacción social. Una interacción social que parece terminar ahí, pues los personajes, más allá de la red de la oficina, se mueven en vidas miserables y aisladas, alienados por el fútbol, el machismo patriarcal (la mujer del protagonista es la víctima propiciatoria tanto en los momentos buenos como en los malos, y acaba afásica y hemipléjica, víctima de un ictus y de la inatención de su marido) y el deseo de la propiedad. En muchas ocasiones el relato se vuelve esperpéntico, y alcanza tintes de surrealismo en la escena en que el protagonista visita el cementerio, en uno de cuyos almacenes se acumulan montañas de ataúdes pendientes de sepultura. Los familiares de los difuntos intentan encontrar el suyo, en medio de un ruido espantoso de llantos y lamentos, de explosiones por los gases que se desprenden de los cuerpos en corrupción y de oraciones pronunciadas a gritos.
Mario Monicelli, el director, es uno de los padres de la comedia a la italiana, pero parece haber derivado aquí hacia el drama y la crítica social más agria. Monicelli se definía a sí mismo como comunista, y probablemente está visión hipercrítica tiene algo que ver con su concepción política del mundo y con su desengaño con una sociedad italiana que salió de la segunda guerra mundial convencida de la necesidad de construir un proyecto colectivo y fue derivando a medida que pasaban las décadas hacia el individualismo más feroz.
Junto con el inconmensurable Alberto Sordi, llama la atención la presencia en el papel de su mujer, de Shelley Winters, la actriz americana, que se pliega a un papel muy secundario, muy poco lucido y fundamentalmente testimonial de una posición, la de la mujer, reducida a ciudadano de segunda, que vive y muere en un régimen de semiesclavitud, maltratada por los varones de su familia y por la vida en general.
8/10
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